República Dominicana se encuentra ante una conversación decisiva: ¿cómo convertir años de estabilidad y crecimiento económico en una nueva etapa de productividad, inclusión y desarrollo sostenible?
Ese fue el eje central del almuerzo empresarial de junio de la Cámara Americana de Comercio de la República Dominicana (AMCHAMDR), donde Nathalie Alvarado, representante del Grupo Banco Interamericano de Desarrollo (Grupo BID) en el país, y Carolina Rendón, representante del Grupo Banco Mundial, compartieron sus perspectivas sobre el futuro económico dominicano bajo el tema “El reto de lo posible”.
El encuentro colocó sobre la mesa el hecho de que: República Dominicana ha construido una base sólida, pero el próximo salto dependerá de su capacidad para elevar la productividad, cerrar brechas estructurales y atraer inversiones de mayor valor agregado.
Una economía sólida impulsada por el sector privado
Durante la última década, República Dominicana ha logrado posicionarse como una de las economías más dinámicas de América Latina y el Caribe, con un crecimiento promedio de 4.3 %. Este desempeño ha estado impulsado en gran medida por el sector privado, que representa cerca del 88 % del total de las inversiones.
El avance también se refleja en indicadores sociales. La pobreza monetaria pasó de 35 % en 2016 a 17 % en 2025, una reducción que evidencia la capacidad del país para traducir estabilidad económica en progreso social.
Sin embargo, el punto de partida favorable no elimina los desafíos. Como planteó Carolina Rendón, la pregunta ya no es únicamente cuánto puede crecer República Dominicana, sino qué tipo de país quiere construir en los próximos años.
Productividad: el gran reto de la próxima etapa
El país tiene ante sí el desafío de evitar que el crecimiento se quede atrapado en sectores tradicionales o en avances macroeconómicos que no siempre se traducen en mejores empleos, mayor innovación o más oportunidades para todos.
Para dar el salto hacia una economía de altos ingresos, República Dominicana necesita transformar su estructura productiva, diversificar su matriz económica y fortalecer las condiciones que permiten competir en mercados globales cada vez más exigentes.
Esto implica modernizar sectores como construcción, turismo y zonas francas, pero también abrir espacio a nuevas áreas de alto valor agregado, entre ellas la industria farmacéutica, la salud avanzada, los productos electrónicos, los servicios digitales, las finanzas, la agroindustria y la economía del conocimiento.
Talento, territorio y energía: tres brechas que marcarán el futuro
Uno de los temas más relevantes del encuentro fue el desarrollo del capital humano. Aunque el país cuenta con una población joven que puede convertirse en una ventaja competitiva, persisten brechas importantes entre la formación disponible y las competencias que demanda el mercado laboral.
La dificultad de muchas empresas para encontrar talento preparado, junto con el porcentaje de jóvenes que no estudian ni trabajan, plantea una señal clara: el crecimiento futuro dependerá tanto de la inversión en infraestructura como de la inversión en educación, habilidades técnicas y empleabilidad.
Otro desafío es la concentración territorial. Una parte significativa de la producción nacional se genera en una proporción reducida del territorio, lo que crea desigualdades regionales, presión sobre la infraestructura y menores oportunidades para integrar nuevas zonas al desarrollo económico.
A esto se suma el reto energético. La dependencia de combustibles fósiles, la necesidad de mayor resiliencia climática y los costos asociados a las deficiencias del sistema eléctrico impactan directamente la competitividad empresarial.
El respaldo del Grupo BID a la transformación productiva
Nathalie Alvarado destacó que República Dominicana no parte de cero. El país cuenta con estabilidad, inversión privada y una trayectoria de reducción de pobreza, pero ahora debe convertir esa base en una plataforma para producir más valor.
El Grupo BID acompaña esta transición con una agenda alineada con Meta RD 2036 y una cartera activa cercana a los US$2,900 millones en 22 operaciones. Este apoyo incluye proyectos vinculados al desarrollo logístico, agua y saneamiento, gestión hídrica, fortalecimiento del sistema eléctrico, financiamiento productivo para MiPymes y mejora institucional.
También se suma el rol de BID Invest, que ha movilizado US$3,305 millones en los últimos tres años hacia sectores estratégicos como energía, infraestructura e inclusión financiera, así como el trabajo de BID Lab para impulsar innovación y soluciones emprendedoras.
Banco Mundial: de crecer más a crecer mejor
Carolina Rendón planteó que República Dominicana enfrenta el reto de avanzar hacia un modelo más productivo, inclusivo y sostenible, capaz de acercar al país al estatus de economía de ingreso alto.
Desde esa perspectiva, el crecimiento futuro requerirá cerrar brechas en capital humano, infraestructura y entorno de negocios, así como fortalecer la gobernanza, mejorar la competitividad y movilizar mayores niveles de inversión privada.
El Grupo Banco Mundial mantiene en el país un portafolio de aproximadamente US$1,470 millones, con proyectos en energía, salud, modernización del Estado, vivienda, agua y saneamiento, agricultura y protección social.
Por su parte, la Corporación Financiera Internacional (IFC), brazo privado del Grupo Banco Mundial, ha comprometido US$1,400 millones en República Dominicana durante las últimas dos décadas en áreas como energía renovable, turismo, transporte, financiamiento a MiPymes y agroindustria.
Nearshoring y nuevos motores de crecimiento
Las tendencias globales también abren oportunidades relevantes para el país. El nearshoring, la reorganización de cadenas de suministro y la búsqueda de destinos cercanos, estables y competitivos pueden convertirse en una ventaja estratégica para República Dominicana.
Para capitalizar esa oportunidad, el país necesitará reglas claras, infraestructura eficiente, talento preparado, seguridad jurídica y una visión territorial que permita distribuir mejor los beneficios del crecimiento.
La posibilidad de atraer inversiones de mayor valor no dependerá únicamente de la ubicación geográfica, sino de la capacidad de construir un ecosistema productivo confiable, moderno y conectado con las necesidades de la economía global.
Una arquitectura fiscal que construya confianza
Durante el encuentro, Francesca Rainieri, presidenta del Consejo de Directores de AMCHAMDR, planteó que la discusión fiscal debe entenderse como parte de una conversación más amplia sobre el modelo de desarrollo que el país aspira a construir.
Rainieri destacó que una arquitectura fiscal moderna no puede limitarse a recaudar más. Debe recaudar mejor, gastar mejor y construir confianza, asegurando que cada peso adicional movilizado contribuya a elevar la productividad, mejorar los servicios públicos y ampliar las oportunidades.
El debate fiscal, la sostenibilidad del gasto, la calidad institucional y la capacidad del Estado para actuar como socio estratégico del sector privado serán piezas fundamentales de esta nueva etapa.
El reto de lo posible
República Dominicana tiene fortalezas claras: estabilidad, dinamismo económico, confianza del sector privado y una posición estratégica en la región. Pero el próximo ciclo de desarrollo exigirá más que crecimiento: requerirá visión de largo plazo, inversión en talento, infraestructura resiliente, innovación y colaboración público-privada.
El reto de lo posible consiste en convertir las ventajas actuales en un modelo de desarrollo capaz de generar empleos de calidad, reducir brechas, elevar la productividad y preparar al país para competir en una economía global más compleja.
La conversación ya no gira solo en torno a cuánto puede crecer República Dominicana, sino a cómo lograr que ese crecimiento construya un país más competitivo, inclusivo y sostenible.

